Refugio "Cabaña Verónica". Macizo Central de Picos de Europa. Cantabria. España

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Historia del pueblo Cántabro

Cantabria
El Nombre de Cantabria
3.000 Años de Historia
Las Guerras Cántabras
El Ducado de Cantabria
Los Nueve Valles
El Teju: el árbol sagrado de los cántabros
Dioses y Ritos
Mitología
Nuestra Lengua
Trajes de Cantabria
El Bolo Palma

 

 

 

 

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Cantabria

Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado
a irrevocable muerte; puede producir brillantes
individualidades aisladas, rasgos de pasión, de
ingenio y hasta de genio, pero serán como
relámpagos que acrecentarán más y más la
lobreguez de la noche.
                                         Marcelino Menéndez Pelayo

Tiempo e historia te abrazan Cantabria, tierra de peñascos y montañas, pueblo de
tenacidad y bravura, que a través de los Siglos, has ido escribiendo leyenda tras leyenda.
Cuentan que fuiste capricho de un Dios, que una noche ante mil estrellas te soñó y al
despertar las retó. A que sería capaz de crear un tesoro de cielo más hermoso que ellas,
y te creó, Cantabria, te moldeó, esculpió y te pintó llena de sol. Cuando terminó, te
contempló, y te vio tan hermosa que te nombró su reina, se arrodillo ante ti, y lleno de
amor te entrego su Corazón. Al igual que yo te amo Cantabria, pero... que puedo yo
escribir sobre ti, que no hayan escrito antes, que puedo decir si el tiempo, la historia, van
abrazados a tu belleza, a ti Cantabria. Cantabria... Si un Dios no te hubiese creado, te
hubiese inventado yo.
                                                                                                                             Albiar

Cantabria se ubica en el norte de la península ibérica, a orillas del  mar Cantábrico. Sus  fronteras son, al oeste, el Principado de Asturias, al este el País vasco, y al sur Castilla y León. Cantabria dada su orografía montañosa, su clima húmedo y su ubicación  en el litoral, son factores que han determinado su evolución histórica y su identidad. El aislamiento impuesto por las montañas, explican que Cantabria fuera hasta hace dos siglos un país apartado dentro del conjunto hispano, relegada al papel de bastión de resistencia indígena de distintos invasores (romanos, Visigodos y musulmanes). Cantabria resulta impresionante por su orografía agreste y los relieves de la cordillera cantábrica accidentada la practica totalidad del territorio, compartimentado en valles más o menos aislados cuyas comunicaciones naturales no suelen ser fáciles. La cordillera culmina en cumbres superiores a los 2.000 metros en la mitad occidental de la región (Torre Blanca con 2.617 metros, es la mayor altitud de Cantabria ), y algo más reducidas en la zona oriental , con desniveles muy fuerte entre las cimas y los fondos de los valles, normalmente próximos al nivel del mar. Los puertos de montaña más fáciles de acceso a la meseta se sitúan en torno a los 1.000 metros de altitud, pero tanto estos como los pasos secundarios tienen problemas de nieve en invierno. En el extremo occidental del país, al abrigo de los elevados Picos de Europa, se encuentra  la aislada comarca de Liébana, regada por el río Deva y separada del resto de Cantabria por el elevado cordal de Peña Sagra . Al sur la extensa comarca de Campóo.

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El Nombre de Cantabria

La denominación de  Cantabria procede del nombre del pueblo que habitó esta región en la antigüedad, al que llamaban Cántabro. No es segura la etimología de este vocablo. La raíz <<cant>> es celta o ligur y probablemente, significa piedra o roca. El sufijo <<arb>> tiene un sentido de <<relación a >>. Según esto, Cántabro sería tanto como habitante de las peñas o de las montañas. Cántabro, el pueblo que habitaba la región de Cantabria era conocido en la antigüedad por las fuentes grecos-latinas con el nombre de Cántabro. Se trataba de gentes de  montaña, que ocupaban un territorio cuyas fronteras rebasaban algo a las actuales de la región. Así , por el oeste, los Cántabros llegaban hasta el sella, al otro lado del cual se asentaban los Astures; por el sur llegaban hasta Cistierna, Guardo, Amaya, Bricia y Espinosa de los Monteros, Lindando con vacceos y turmogos, y por el este, el país de los Cántabros incluía el valle de Guriezo. Ocupaban, pues, la zona montañosa hasta el borde de las llanuras Castellanas, dominadas por las imponentes fortalezas de la peña Amaya, verdadera atalaya Cántabra sobre las tierras de vacceos y turmogos. La zona más caracterizada de Cantabria lo constituía las fuentes del Ebro y la franja costera que viene a coincidir con su meridiano. En realidad, se trataba de un  conglomerado de pueblos unificados y controlados por gentes procedentes de las inmigraciones indoeuropeas del 700 antes de Jesucristo (probablemente  los plentuisios y blendios del nacimiento del Ebro), y del año 600 antes de Jesucristo (los vellicos de la zona sur del país). Esto es lo que daba el carácter predominante <<Celta>> al pueblo. En el que, por una parte, existía a su vez  numerosos elementos culturales locales que se remontan, por lo menos, a la edad de bronce y, por otra, había influjos celtibéricos foráneos que iban superponiéndose, especialmente desde del siglo II antes de Jesucristo. Los Cántabros estaban divididos en tribus o <<gentes>>, probablemente no todas ellas culturalmente homogéneas. Además de las tribus ya citadas, los orgenomescos ocupaban una extensa zona de la región más occidental de la costa, que incluían San  Vicente de la  Barquera. También se cita a los avaríginos en el Alto Nansa; a los salenos, acaso, en las riberas del Saja. Los Cántabros coniscos tal vez ocupaban Valderredible. Los coniacos, la zona oriental y los concanos, posiblemente, la Liébana. Por de bajo de la tribu había una unidad social elemental que se llamaba <<gentilidad>> o clan. En las costumbres de los Cántabros había rasgos de tipo indoeuropeo, y otros muy acusados al menos en ciertos ambientes, evidentemente preindoeuropeos. Entre éstos destaca un cierto comportamiento de carácter matriarcal, con un predominio no tanto de la mujer como de la familia de ésta sobre la del marido, en temas de propiedad, transmisión de herencias y dotes matrimoniales. El género de vida es muy sobrio, las fuentes de producción muy escasas y reducidas a una economía de subsistencia fundada en la ganadería y en la cultura elemental. La actividad preferente del varón era la guerra, en la que los Cántabros destacaban como guerreros de un heroísmo a veces rayando la locura. No solo luchaban entre si, sino que depredaban, en los momentos propicios, los ricos campos de la llanura Castellana y se ofrecían como soldados mercenarios en países relativamente lejanos. Por eso adquirieron una merecida fama de temibles guerreros, amantes de sus costumbres y de su independencia. Cuando la derrota era inevitable, no rehuían el suicidio como salida honorable, para lo cual usaban una poción letal extraída de las hojas del tejo.     

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         3.000 Años de Historia

La primera referencia escrita que ha llegado a nosotros, en el que se cita al pueblo Cántabro se remonta a 200 años antes de Cristo. Su autor, el historiador romano Marco Porcio Catón, afirma que el Río Ebro nace en territorio de los Cántabros. A partir de aquel momento, las citas sobres Cántabros y Cantabria se sucede ininterrumpidamente hasta los tiempos de la dominación Romana, continuando después a lo largo de todo el imperio y el posterior reino de los visigodos. La fama del pueblo Cántabro está corroborada por las casi ciento cincuenta referencias que sobre él aparecen en los textos griegos y latinos, tanto históricos y geográficos como literarios, conservados. La razón suprema de aquella celebridad fue la tenaz y heroica resistencia que mantuvieron contra los ejércitos romanos por espacio de más de diez años, en desesperada defensa por su independencia y libertad. Por supuesto, era el más conocido de los pueblos del Norte de España, hasta el punto de que los romanos bautizaron con su nombre a todo el mar que baña la costa septentrional de la península. Aunque administrativamente sometido a los invasores, el pueblo Cántabro no perdió su identidad, como demuestran, sin lugar a dudas, los testimonios epigráficos que han llegado hasta nosotros, en donde, generalmente, aparece constancia de que quienes los elevaron pertenecían a la nación Cántabra. Paralelamente, existen numerosas evidencias de que mantuvieron en gran medida sus costumbres, instituciones y creencias ancestrales, hasta el punto de que, aunque la mayoría de los restantes pueblos hispanos perdieron su identidad anterior a lo largo de la dominación romana, los Cántabros lograron mantenerla. A la caída del imperio, este pueblo dio tan claras muestras de vitalidad como para asumir el radical protagonismo histórico de recuperar su vieja independencia frente al reino visigodo. Parece que eran buenos artesanos en la forja de hierro y en las técnicas de la madera. En su ajuar guerrero figuraban armas y adornos similares a las de otro pueblos Celtas de la meseta (espadas tipo Bernorio, puñales de antenas, fíbulas de doble resorte...), junto a elementos comunes a otros pueblos peninsulares, como la caetra o pequeño escudo redondo y los dardos y jabalinas, en cuyo manejo eran maestros. Por lo que se refiere a los cultos religiosos, parece que en la Cantabria prerromana se adoraba a una diosa madre, que después, en época romana, fue designada con el propio nombre del país, es decir, Cantabria. Posiblemente a ella, identificada con la luna, era a quien se rendía culto con animadas danzas y festejos en la noches de plenilunio, según nos cuenta Estrabón. Existía también un dios de la guerra, identificado más tarde con el Marte latino, a quien los Cántabros ofrecían en holocausto caballos y prisioneros. La sangre caliente de los primeros era bebida ritualmente por los individuos de la tribu Cántabra de los concanos, según diversos testimonios. Había , además, un dios de la tormenta, que más tarde parece designarse con el nombre de Júpiter Cantabricus, al que se dedicaban hachas votivas en los lugares donde caían los rayos. Otros dioses locales, cuyo nombre conocemos, aunque no sus atributos, eran Cabuniegino y Erudino. También sabemos que los Cántabros veneraban las cumbres de ciertas montañas, las fuentes, los ríos y otros elementos naturaleza. A los difuntos, que normalmente debían ser incinerados, si había muerto heroicamente en el combate se les daba un trato especial, dejando que su cuerpo fuera despedazado por los buitres, con el fin de que el alma pudiera emigrar al cielo con mayor premura. Esta costumbre es la que parece estar representada en la famosa estela de Zurita. Normalmente, los Cántabros habitaban en poblados fortificados sobre un alto; es lo que se domina<<castro>>. En el sur de Cantabria, donde tales fortalezas fueron objetos de mayor atención en razón de la defensa del país, conocemos magníficos ejemplares, como peñas Amaya, monte Cildá, monte Bernorio y otros en la región de Campóo.

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Las Guerras Cántabras

Primeramente se luchó contra los Cántabros
bajo las murallas de Bergida. De aquí huyeron
al elevadísimo monte Vindio, allí creían que
antes llegarían las aguas del océano que las armas romanas
                                                              Lucio Anneo Floro.

La llegada de los romanos a la península Ibérica tuvo lugar en el año 218 antes de Cristo con el desembarcoCorocota protagonizado por Escipión en Ampurias en el marco de la segunda Guerra Púnica. Lo que en Principio era una operación militar contra los cartagineses, que desde Cartago Nova (Cartagena) controlaban el cuadrante sudeste de la Península, al término de esta guerra ya se traducía el dominio romano sobre todo el aérea mediterránea. A lo largo del siglo II antes de Cristo, Roma se fu extendiendo de forma progresiva hacia el interior de la península, venciendo la dura resistencia de casi todos lo pueblos indígenas, de tal modo que la conquista de Hispania no se completó hasta prácticamente dos siglos después de su inició, en el año 19 antes de Cristo. Precisamente los Cántabros y sus vecinos serían los últimos pueblos en ser sometido por Roma, conociéndose con el nombre de Guerras Cántabras a los enfrentamientos bélicos que culminaron con la conquista de estos pueblos por las legiones de Octavio Augusto. Los historiadores romanos justificaron esta campaña contra los cántabros y astures como una respuesta a las incursiones de saqueo que éstos realizaban en las tierras cerealistas de la meseta, habitadas por pueblos ya sometidos a Roma. Casi todo lo que conocemos sobre las Guerras Cántabras se lo debemos a diversos autores latinos que escribieron sobre la mismas, principalmente Dion Cassio, Floro y Orosio. Sin embargo ellos no fueron testigo de las operaciones, sino que escribieron muchos años, e incluso varios siglos después, consultando otras obras más antiguas que no han llegado hasta nosotros. Los textos han sido objeto de interpretaciones muy diversas. Las guerras Cántabras se desarrollaron entre los años 29 y 19 antes de Cristo, si bien los tres primeros debieron ser de tanteo, con escaramuzas al sur de la cordillera. el comienzo de las operaciones a gran escala contra los cántabros tuvo lugar en el año 26. Por lo demás, la romanización de Cantabria debió ser un barniz superficial, pues a la caída del Imperio los Cántabros recuperaron sus viejos modos de vida, lo que sería impensable en un territorio que hubiera sido civilizado por Roma. En realidad la romanización borró la identidad de la totalidad de los pueblos Prerromanos de Hispania, exceptuando a varios  pueblos del Norte: los galaicos, los astures, los vascones y, por supuesto, los cántabros. Cuenta la leyenda: que el jefe de los cántabros, llamado Corocota, el cual se presentó ante los romanos para cobrar la recompensa que éstos habían puesto a su cabeza, 250.000 denarios; al parecer la osadía del cántabro sorprendió tanto a Agusto que, estupefacto, le dejo marchar libre.

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El Ducado de Cantabria

Siete siglos después de aquellas gestas Cántabras, se creaba en plena España Visigótica y durante el reinado de Ervigio (680-87) el Ducado de Cantabria si bien la aparición documental de este nombre data del año 883 cuando aparece en la crónica Albendense al tratar Alfonso I diciendo: ''iste Petri Cantabriae ducis filius fuit'', es decir, junto a la figura se cita el título de Duque de Cantabria, que atestigua la territorialidad de su ducado, aun cuando no existían citas de ninguna época que determinen la extensión que pudiera tener el mismo pero que según el historiador Maza Solano era más o menos el mismo que el de la Cantabria romana. Las citas sobre el Ducado de Cantabria vuelven a encontrarse en las viejas crónicas; así, la de Alfonso III dice:'' Adefonsus filius Petri Cantabrorum ducis'' y el historiador Sánches Albornoz centra la fundación del Ducado de Cantabria en el último siglo de la historia hispano-goda cuando nuestro territorio dejó de ser un enemigo y un peligro para la Monarquía por el posible hecho de que durante esta época ''integrara un ducado regido por un Dux, delegado regio en el país. Basándose en éstas y otras fuentes históricas hispanas, titulan Duque de Cantabria a Pedro, padre del Católico Rey Don Alfonso I, entre otras, las Crónicas de los Obispos Rodrigo Ximènez de Rada ''Toledano''(siglo XIII); Lucas Tudense (''Eo tempore Adefonsus Catholiicus, Petri, Cantabriensis Ducis filius''); la''Crónica General'' de don Alfonso X el Sabio ( año 1289, fundamentada en la ''Crónica Mundi'' de Lucas de Tui del año 1230), '' Firmiter omnes obtinui munitipnes, sucit a  victoriosísimo Rege Domino Adefonso, Petri Ducis filio'' y el cronista Assas en su ''Crónica General de España''. Según el historiador Joaquín Gonzáles Echegaray en su obra ''Cantabria Antigua'', Pelayo (quién en calidad de soldado profesional encabezó la sublevación inicial de los campesinos nativos de una zona del territorio de la Cantabria Occidental contra cierto control ejercido por el gobernador árabe de Asturias 'Munuza'') es nombrado jefe de los astures, logra la liberación de toda la Asturias Trasmontana del dominio cordobés y decide sellar un pacto con las otras zonas independientes del norte de España, que entonces controlaban el antiguo Duque de Cantabria, Pedro. Bajo dicho pacto se concierta el matrimonio de Ermesinda, hija de Pelayo, con Alfonso, hijo del Duque Pedro, consolidando de esta forma la federación de ambos núcleos de lucha contra el Islam. A la muerte de Pelayo en el 737, es nombrado jefe de los Astures su hijo Fáfila (o Favila) quien dos años después resulta despedazado por un oso durante una cacería en los Picos de Europa. Es entonces el momento en que el cántabro Alfonso es proclamado jefe único de todos los pueblos sublevados por su doble vinculación con el movimiento cántabro-occidental a través de su esposa, y con el resto del movimiento cántabro por su filiación respecto al Duque Pedro. Así se establece una verdadera unión permanente, el territorio se ensancha y Alfonso, pareciéndole desfasado y poco significativo el antiguo título de Duque, se decide a usar por vez primera el nombre de Rey, y precisamente Rey de los cántabros-astures (Alfonso I, El Católico).

                                                                        Extraído del libro: El Ducado de Cantabria
                                                                                              José Ramón Saiz

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Los Nueve Valles

Escudos. Los Nueve Valles

Uno de los procesos más interesantes de la Edad Moderna en Cantabria fue la progresiva unión de las jurisdicciones locales, la cual culminó en 1778 con la formación de Cantabria. El proceso se remonta a finales de la Edad Media, momento en que los grandes dominios señoriales aprovecharon la debilidad o la complicidad de la monarquía para extenderse por los territorios de realengo, que en Cantabria eran muchos. Frente a estos abusos los valles y villas intentaron defenderse con sus exiguas fuerzas, como en los casos del Valle de Toranzo frente a los Manique, o las villas de Santillana y Santander frente a los Mendoza  (Casa de los Vega.) . Pero salvo en el caso santanderino, villa que resistió al asalto de las fuerzas del marques de Santillana socorrida por gentes de Trasmiera y otras villas de la costa, los pequeños territorios cántabros no pudieron hacer frente a la fuerza militar señorial. La vía jurídica, denunciando los abusos señoriales ante las instancias correspondientes (Real Chancillería de Valladolid), se demostró más eficaz, si bien muy lenta, pues los pleitos se prolongaban durante muchas décadas debido a los recursos y apelaciones que realizaban los grandes señores. En 1495 el Valle de Carriedo presentó una demanda ante la Chancillería denunciando los abusos del marqués de Santillana, que había tomado dicho valle por la fuerza. Los carredanos obtuvieron sentencia favorable en 1499, si bien las distintas apelaciones del marqués de Santillana prolongaron el  ''Pleito de Carriedo'' hasta el año 1546, cuando se pronuncio la sentencia definitiva confirmando las pretensiones carredanas. Animados por este precedente, nueve de los valles de Asturias de Santillana, en adelante los Nueves Valles, se unieron para entablar su correspondiente pleito y restablecer su estatuto de reales valles frente a los abusos del marqués de Santillana. Eran los reales valles de Camargo, Villaescusa, Penagos, Cayón, y Piélagos por un lado, y los de Reocín, Alfoz de Lloredo, Cabezón y Cabuérniga por otro, separados ambos grupos precisamente por las posesiones señoriales de los marqueses de Santillana (Mayordomado de la Vega). Presentada  la demanda en 1544 ante la Chancillería de Valladolid, obtuvieron sentencia favorable en 1553, si bien los recursos del marqués de Santillana retrasaron la sentencia definitiva del llamado ''Pleito de los Valles''hasta 1581. Finalizado el contencioso favorablemente, los Nueve Valles decidieron mantener su unión y constituir una ''provincia'', para lo cual levantaron una casa de juntas en Bárcena la Puente, actual Puente San Miguel, en el Valle de Reocín. La Provincia de Nueve Valles sería el embrión de la Provincia de Cantabria, pues en los siglos siguientes mantuvieron su unión y libertades, y  además convocaron a sus juntas a otras jurisdicciones cántabras para hacer frente a los problemas comunes, que eran fundamentalmente los abusos señoriales o de la propia Corona. Otro precedente importante fue la Hermandad de las Cuatro Villas de la costa (Castro, Laredo, Santander, y San Vicente), cuyos orígenes se remontaban a la Edad Media, si bien la documentación de sus reuniones que se conserva ya pertenece a la Edad Moderna. Las juntas de las Cuatro Villas se celebraban en Bárcena de Cicero, o bien en cualquiera de las villas, pero siempre con carácter de absoluta igualdad entre ellas. El establecimiento en época de los Reyes Católicos de un corregimiento sobre las cuatro villas dio lugar a una curiosa situación en la que el corregidor y su familia residían tres meses al año en cada una de las villas. Laredo pretendió ser la capital del corregimiento, con la oposición de las restantes villas, pero el corregidor ansiaba lógicamente tener una sede estable, y finalmente en 1629 Laredo consiguió su designación como residencia del corregidor, aunque ello no significaba que fuera la capital, como se haría constar expresamente. En 1727 se produjo el primer intento conocido de agrupar a todas las jurisdicciones cántabras en un cuerpo provincial. En la villa de Santander se reunieron los diputados de ''este Partido de las Cuatro Villas de esta Costa de la Provincia de Cantabria'', comprendiendo todo el territorio de este corregimiento, es decir desde los valles hoy asturianos de Peñamellera y Ribadedeva y la Provincia de Liébana, hasta Castro Urdiales y los valles hoy burgaleses de Mena y Tudela. Así  pues, la proyectada provincia  cántabra abarcaba todo el espacio comprendido entre el Principado de Asturias y el Señorío de Vizcaya, faltando a ella únicamente la Merindad de Capóo, que a lo largo de la Edad Moderna tuvo su propio corregimiento dependiente curiosamente de Toro (Zamora). Sin embargo las ordenanzas redactadas y la propuesta presentada no obtuvieron la aprobaciónde la Corona, y el proyecto no fructificó, al igual que otros intentos que se hicieron en los años siguientes con idéntica motivación. Todavía hubo que esperar medio siglo hasta la  histórica junta celebrada el 28 de julio de 1778 en Puente San Miguel, cuando 27 jurisdicciones de las Asturias de Santillana y la provincia de Liébana constituyeron solemnemente la Provincia de Cantabria y aprobaron sus ordenanzas, invitando expresamente a las restantes jurisdicciones del Partido y Bastón de las Cuatro Villas a que se sumaran a la nueva provincia. Las ordenanzas de la provincia de Cantabria fueron aprobadas al año siguiente por el rey Carlos III, y sucesivamente se fueron incorporando a la misma las demás jurisdicciones de las Asturias de Santillana, así como las tres Villas Pasiegas. La ciudad de Santander también se integró, si bien trató de hacerlo con una preeminencia que las demás jurisdicciones le negaron, por lo que su participación en las reuniones fue conflictiva y de carácter irregular. En definitiva, esta Comunidad de Cantabria agrupó a la mayor parte de la actual, si bien quedaron al margen las merindades de Campoo y Trasmiera, así como otras jurisdicciones de la zona oriental. Debe destacarse que esta provincia no fue una de tantas jurisdicciones creadas a lo largo de la historia de la Corona, tales como merindades, corregimientos u otras, todas ellas fruto de la iniciativas del poder central. Por el contrario la Provincia de Cantabria se constituyó por la iniciativa voluntaria de los valles y villas de la región, que culminaron de esa manera el desarrollo de sus instituciones tradicionales de autogobierno: concejos abiertos, con participación de todos los vecinos; valles que  agrupaban a los concejos, con representación de cada uno de ellos; y la Provincia de Cantabria, en cuya juntas Generales se reunían los diputados de los distintos valles y villas bajo la presidencia de un Diputado General. La vida de la Provincia de Cantabria se prolongó durante casi medio siglo, pues las últimas juntas de Puente San  Miguel de las que existe noticias se celebraron en 1824, si bien los avatares de la Guerra de la Independencia y la abierta hostilidad de la ciudad de Santander hacia el proyecto fueron socavando su vitalidad. En la época del trienio Constitucional (1820-1823), al discutirse el proyecto liberal de hacer una división racional de España en provincias, las presiones del Ayuntamiento de Santander lograron desplazar el nombre de Cantabria de las propuestas e imponer la titulación de Santander para la nueva provincia, de manera que no hubiera dudas sobre su capitalidad, puesto que los santanderinos aún recelaban de Laredo. Así pues, cuando se crearon definitivamente en 1833 las provincias españolas, nació la Provincia de Santander y el viejo nombre de Cantabria volvió a quedar relegado oficialmente durante siglo y medio.     
 
                                                                Extraído del libro: Breve Historia de Cantabria
                                                                              Fernando Obregón Goyarrola   

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El Teju: el árbol sagrado de los cántabros

El tejo o teju común (Taxus Bacata Linnaeus, de la familia de Las Taxaceae) es un árbol que crece y se desarrolla en Cantabria de una manera espontánea (autóctono) por toda ella; preferentemente en las laderas sombrías, barrancos y hondonadas de las montañas, expuestas al norte, procurando evitar el estar a pleno sol. Prefieren los suelos calizos. El tronco es fuerte. La corteza es delgada, marrón rojiza y después se vuelve escamosa. Las ramas, muy extendidas, bastante horizontales y muy abiertas, masculinas y femeninas, están en distintos árboles. Las masculinas, con numerosos estambres, forman globitos amarillos, y las femeninas están constituidas por un solo rudimento seminal que, cuando maduran (fruto) forman un arilo carnoso viscoso y de coloración rojiza muy viva. Es de crecimiento lentísimo y puede vivir más de 1.000 años. Todos los órganos del teju son extremadamente tóxicos: raíces, ramas, hojas, semillas, etcétera, y lo único inocuo, que no tiene toxina (alcaloidevenenoso) es el arilo carnoso y encarnado (fruto), pero quitándole las semillas. Ya nos dice Estrabón cómo nuestros antepasados los Cántabros usaban el teju, que llevaban siempre consigo, para entregarse de tal manera a su jefe que prometían no sobrevivirle, muriendo con él si era necesario. Quizás sea el Árbol mítico más representativo de Cantabria.   

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Dioses y Ritos

La Estela de Barros: La estela es una piedra monolítica de forma discoidal que recuerda Estela de Barrosa los difuntos. La de Barros constituye un vestigio gigante; está decorada en bajorrelieve con anillos concéntricos, motivos geométricos y una esvástica en el centro. La estela es identificada como elemento y seña de cantabricidad. El símbolo central es, probablemente, de origen celta (uno idéntico aparece en la bandera del pueblo de Kilkenny, Eire). Conocida como «La rueda de Santa Catalina» o «De la Virgen», apareció muy cerca de la ermita, en un prado denominado «Los Lombos de la Rueda»,  en el pueblo de Barros, perteneciente al Ayuntamiento de Los Corrales de Buelna, y data de 400 años antes de Cristo. Otros símbolos similares han sido encontrados desde entonces en otras partes. El símbolo es conocido como la Estela de Barros y se cree que los antiguos cántabros la usaron como bandera en sus guerras contra Roma. La estela original  ( 170 centímetros de diametro y 32 centímetros de espesor de piedra arenisca) se encuentra en el Parque de las Estelas, junto a la ermita de "Nuestra Señora de la Rueda" (Barros). Su figura aparece en la parte baja del escudo de la comunidad autónoma de Cantabria.

Los cántabros practicaban cultos de tipo naturalista: veneraban a los montes, bosques, lagos, serpientes. Las representaciones solares de las numerosas estelas gigantes que se han encontrado, hacen suponer que también existiría el culto a un dios solar. Se han encontrado en Zurita de Piélagos, Barros y Lombera . Se las considera de la Cantabria prerromana, aunque también pudieron haberse creado bajo dominio romano, puesto que también se conocen estelas discoideas con inscripciones latinas como la de Luriezo ( Cabezón de Liébana ). También se conoce el nombre de un dios, Erudinus, a quién se rendía culto desde la cima del Pico Dobra, en Torrelavega. Existía un dios-padre, asimilado más tarde al Júpiter romano. En Herrera de Camargo se descubrió una bella escultura de bronce que le rendía culto. También aparece un dios de la guerra cántabro que en el futuro sería asimilado al Marte latino al que se le ofrecían sacrificios de cabras, caballos y prisioneros. Parece estar confirmada la presencia de una diosa llamada Cantabria. Se ha encontrado un ara votiva en el Danubio, hasta donde llegaron los soldados cántabros con el ejército romano, dedicada a esta deidad. Esta diosa podía estar relacionada con algún tipo de culto a la luna. También existe un indicio de culto a las "matres". En el monte Cildá apareció una ara dedicada a la diosa Mater Deva, conocida en el mundo céltico y relacionada con las aguas. El río Deva en Cantabria, permite establecer la relación con la diosa. Hemos sabido que los cántabros sacrificaban a sus prisioneros en gran número y que las cuevas tenían gran importancia para el pueblo cántabro, puesto que las utilizaban con fines funerarios.
Por una pequeña escultura de bronce encontrada en Castro Urdiales sobre un escarpado monte, deducimos que los
Neptuno Cántabro cántabros de la costa veneraban a un dios del mar, asimilado posteriormente al Neptuno latino, aunque en este caso, el Neptuno cántabro se presenta como un joven imberbe que lleva un collar en forma de media luna. Aparecen otros atributos clásicos como el delfín en una mano y el tridente en la otra. Actualmente, se encuentra en el Museo de Prehistoria de Santander.

En algunas lápidas aparecen animales como caballos o ciervos, porque al parecer, existía la creencia de que estos animales transportaban las almas de los difuntos al cielo. Sobre como enterraban a los muertos bien poco se sabe. Parece que se practicaba la cremación con los difuntos, excepto con los que morían en el campo de batalla, que debían quedar yaciendo allí hasta que los buitres abrieran sus entrañas para transportar sus almas al cielo. Esta es una costumbre que ha quedado reflejada en una de las caras de la estela de Zurita.

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Mitología

Seres de la Mitología Cántabra

Las Anjanas: Es el ser bondadoso por excelencia de Cantabria; protege a las gentes honradas, a los enamorados y a quienes se extravían en el bosques o en los caminos. Las Anjanas son mujeres de hermoso rostro y atractiva figura. Sus cabellos son largos y finos, adornados con flores y lazos de seda. Se visten con delicadas y bellas túnicas de seda blanca. Llevan sandalias y un báculo con extraordinarias propiedades mágicas .También se dice que son espíritus de los árboles que tienen encargado cuidar de los bosques. Se suelen alimentar de miel, fresas, almíbar y otros frutos que les proporciona el bosque. Viven en grutas secretas de las que se dice que tienen el suelo de oro y plata y en las que acumulan riqueza para la gente necesitada. Pasan el día andando por las sendas del bosque, sentándose a descansar en las orillas de la fuentes. Allí, en las fuentes, conversan con las aguas, que entonces manan más alegres y cristalinas. También ayudan a los viajeros perdidos, a los pastores, a los animales heridos y a los árboles que la tormenta, y el viento ha quebrado. Se dice también que las Anjanas se reúnen en el comienzo de la primavera en los altos pastos de los montes y danzan hasta el amanecer cogidas de las manos en torno a un montón de rosas que más tarde aparecen por los caminos. Aquel que encuentre una de estas rosas de pétalos rojos, verdes y amarillos será feliz hasta la hora de su muerte.
Las brujas: Se trata de brujas voladoras que tienen el poder entre los mortales durante el tiempo que transcurre alrededor de la media noche también llamada la "hora bruja' y los primeros brillos del alba. Es decir, hasta que el sol ahuyenta los malos espíritus o se rezan las primeras oraciones del día. Las brujas de la Montaña no son hechiceras, ni encantadoras, ni adivinas: se cree en estos tres fenómenos, pero no se les odia. Por ello, algunas veces el pueblo se beneficia de sus artes. Todos los sábados del año, por la noche, las brujas montañesas salen volando chimenea arriba, montadas en escobas o trasformadas en cárabos, rumbo a Cernégula (Burgos). También se les atribuyen ciertos poderes sobre los cambios del clima: cuando cae una fuerte tormenta y acto seguido sale el sol es un presagio de que va a caer otra tormenta. Por tal motivo, a ese sol se le llama ''sol de brujas'', ya que presagia otra fuerte tormenta.
Los Caballucos del diablo: Aparecen en las noches de San Juan cruzando los espacios entre nubes de azufre y bramando endiabladamente. Los Caballucos del Diablo son siete: uno blanco, otro negro, otro rojo, otro azul, otro verde, otro naranja y otro amarillo. El jefe es el rojo que es muy gordo y percherón, siempre va en el medio y tiene al diablo por jinete que lleva las riendas de todos. Sólo vienen al mundo en la noche de San Juan. Esa noche cabalgan por los montes comiendo el trébol de cuatro hojas para que no lo encuentren las mozas y los mozos, y así no les pueda dar suerte, ya que con el trébol de cuatro hojas se consiguen   cuatro cosas: vivir cien años, no pasar dolores, no tener hambre y aguantar todas las desgracias de la vida. Dicen que los caballucos del diablo son almas condenadas debido a sus muchos pecados. El rojo es un señor que prestaba dinero a los labradores pobres y después les embargaba con trampas y mala ley; el blanco era un molinero que robaba la harina molida a otros molineros; el negro era un ermitaño que engañaba a la gente; el amarillo era un juez perverso; el azul era un tabernero malvado; el verde era un señor muy rico que perdió a muchas mozas honradas; y el color naranja, un mal hijo que pegó a sus padres. Todos los males de los caballucos del diablo sólo pueden ser conjurados mediante la yerbuca de San Juan.
El Culebre: Este monstruo ya no existe, pero aparece en  La Mitología de Cantabria. Es un dragón de una única cabeza, con la boca llameante por la cual lanza llamaradas de fuego; tiene alas de murciélago, la piel escamada como la de un lagarto, ojos brillantes, dientes muy potentes y un gran brillo en sus ojos. Con todo estos rasgos, se asemeja a un lagarto de avanzada edad; también puede asemejarse a una serpiente voladora, aunque no hay que confundirla con tal, puesto que El Culebre nunca llegó a tener propiedades voladoras. Cuenta la leyenda que El Culebre tenía como morada una cueva situada a sólo dos kilómetros de San Vicente de la Barquera. Allí  sembraba el terror y la muerte sobre los acantilados de esta villa marinera. Ninguna fuerza humana fue capaz de parar las andanzas del dragón, hasta que un año, cuando el Culebre tenía una muchacha preparada para el sacrificio ritual, ésta invocó fervorosamente al Apóstol Santiago a fin de que la salvara de tan cruenta muerte. Y la plegaria surtió efecto, pues acto seguido, al Culebre se le empezaron a  desprender de la piel sus escamas, y cuando ya apenas conservaba fuerzas y ni siquiera  echaba fuego por su boca, el mismo Apóstol le pisó la cabeza, terminando así con su vida y librando al pueblo de la presencia de tal personaje.
Los Enanucos Bigaristas: Enanos, feos, barbudos, maduros y con arrugas en el rostro, dotados de una inteligencia  y habilidad verdaderamente prodigiosa y con sabiduría se mi divina: pequeños y solitarios, tocan el bígaro arrancando centenares de notas distintas, de ahí su nombre. Suelen aconsejar a la gente y raro es que se ofendan, pero cuando lo hacen se vuelven malos y vengativos, obrando con gran perversidad. Se les encuentra fácilmente en las explotaciones o galerías de las minas, y esto es un síntoma de buen presagio, puesto que allí donde aparecen cualquiera de ellos resulta un lugar abundante en metales preciosos o gemas de gran valor.
El Hombre- Pez: Dentro de los personajes que configuran la Mitología Cántabra los hay encuadrados en  el campo imaginario y fantástico, narrados por la tradición popular y de los cuales no se tiene constancia real de su existencia, quedándose en mera fábula; sin embargo, hay otros de los que se sabe que han existido realmente y se conservan datos reales. De ahí procede la leyenda del Hombre-Pez de Liérganes, el mito real de Cantabria. El Hombre-Pez de Liérganes se llamaba Francisco de la Vega Casar, nació a mediados del siglo XVII en el pueblo de Liérganes y fue bautizado en la parroquia de San Pedro. Este hombre dio sus primeras zambullidas en el río Miera, y a sus diecisiete años desapareció en Bilbao donde le mando su madre para aprender el oficio de carpintero. Tiempo más tarde fue recogido en la bahía de Cádiz con escamas de pez en su cuerpo y habiendo perdido el habla y la razón. Como recuerdo de esta leyenda, la villa de liérganes conserva un paseo que lleva su denominación, con un monumento alusivo al personaje ya mitológico.
Las Ijanas del Valle de Aras: Cometían sus fechorías en el valle de Aras, en la zona oriental de Cantabria - de ahí su denominación-,  principalmente en los pueblos de San Miguel, San Mamés y San Pantaleón, donde saqueaban las colmenas para poder satisfacer su desmedida glotonería. También se dedicaban a penetrar en los hogares de los vecinos para robarles la comida guardada. Son muy revoltosas y nadie sabe a ciencia cierta en qué lugar del valle habitan, pero se las describe con un pecho enorme que se echan sobre su hombro derecho cayéndose a la espalda.
Los Nuberos: Geniecillos diminutos y malignos que cabalgan sobre la tempestad descargando el rayo y el granizo. Son los agentes y rectores de las tormentas en la Montaña, guiando un verdadero cortejo de nubes Sin contorno y con enormes proporciones; se les tiene gran temor, ya que pueden ocasionar grandes destrozos en los pueblos, por eso son temidas las noches de grandes lluvias y tormentas, pero existe una especie de conjuro que el pueblo lleva a cabo y que consiste en hacer tañir las campanas para espantar a los espíritus maléficos y así poder salvarse de los rayos y de las tormentas. También se encienden cirios para ahuyentar los nubarrones y se echan un par de hojas de laurel bendecido al fuego. También estos geniecillos actúan contra los pescadores Cántabros: éstos se hacen a la mar y se disponen a echar las redes para pescar, los Nuberos les sorprenden, provocando enormes galernas que les obligan a abandonarla faena y regresar a puerto, donde les aguarda todo el pueblo.
La Ojáncana: Es considerada como la mujer aparentemente mal casada que comparte sus traiciones y maldades; feroces con su cónyuge, el Ojáncano, al cual gana tanto en maldad como en perversidad; por eso el pueblo desconfía de ese matrimonio. A la hora de definir a este personaje todo el mundo le suele retratar como un ser en extremo terrible y repulsivo, y aunque hay algunas variantes acerca de su rostro y rasgos faciales, en general se le puede describir como un personaje sanguinario, de aspecto bestial y aterrador, de cabeza grande, con la cara chata, con su labor inferior grueso que llevaba colgado, y con dientes grandes; la piel la tiene agrietada, cubierta de greñas de color amarrado y con colmillos fuertes y salientes de su cara rugosa y repelente, éstos además afiladísimos y retorcidos en forma de ganchos en espiral y de dos filos, con ellos tritura todo lo que come que es casi siempre lo que cultivan los campesinos, aunque también come carne animal y humana; la que más le gusta es la de los niños y cuando no los encuentra se cabrea y coge berrinches. Cuentas con diversas cuevas donde habitar y que se las denomina ''Cueva de la Ojáncana''. Están situadas en distintos lugares: una de ellas en la Penilla de Cayón; otra a orillas del río Pisueña, en el sitio llamado'' El peñon''; otra en Santiurde de Toranzo; y otra más enclavada en el pueblo de Cieza. Ésta última es maléfica y espeluznante.
El Ojáncano: Es la antítesis de la bondad, de la dulzura,de la misericordiosa de la Anjana. El Ojáncano es un símbolo del odio, del enfado perpetuo, de todo lo que destruye, amenaza, desgarra y maltrata. Siempre con los malos pensamientos, con el agravio de su fuerzas, con su instinto que ´´ paez hechu de espinos, de lobu, de cuevu, de raposa``. El Ojáncano se alegra de la aficción de los pastores enamorados, de los incendios que destruyen los bosques, de los ríos que inundan las mieses.
La Osa Andara:  Vive en las escarpadas y neblinosas cumbres de los Picos de Europa. Es una mujer-osa sumamente forzuda y brava, tiene brazos y piernas cubiertas de pelo, lo mismo que un oso, y es de costumbres rudas.
La Reina Mora:  Es una bella mujer  que, según cuenta la leyenda, permanece encerrada en una profunda sima  de lebeña víctima de un encantamiento. De gran hermosura, custodia un inmenso tesoro abandonado por los árabes en su huída de las tierras de Cantabria hace siglos.
La Sirenuca: Fue una guapísima moza  de Castro Urdiales aficionada a trepar por los acantilados más peligrosos para cantar al compás de las olas sus hermosas canciones   marineras. Por ello quedó trasformada en una mujer con cola de pez.
El Tentirujo: Es un enano vestido de rojo y tocado con una boina  de rabo tieso. Trata de que los muchachos obedientes y buenos dejen de serlo, usando para ello el secreto poder de la mandrágora, planta con raíz de forma humana.
El Trasgo: Duende montañés protector del hogar y huéspedes de los campesinos. Es juguetón y enredador pero bonachón, aunque a veces trae disgustos con sus enredos y burlas. Lo describen de la siguiente manera:'' es un hombruco más negro que el sarro, que va vestido de colorado con un traje hecho de cortezas de alisas puestas del revés y cosidas con yedras. Por la noche, ejerciendo el mando momentáneo de la casa, es el dueño absoluto de ésta, de modo que si por la mañana se percibe algún cambio el único responsable es El Trasgo. 
El Trastolillo: Es un duendecillo alocado enredador y burlón que vive en las casas. Tira la harina, bebe leche y afloja las tarabillas de las ventanas entre chirriantes risas e hipócritas lloriqueos. Aunque travieso y culpablede muchas pequeñas fechorías que incomodan a las personas de las casas donde vive, en el fondo es bondadoso.
El Trenti: Es un enano que andaba por los montes vestido con un ropaje de hojas y de musgos. Dormía en las torcas en el invierno y debajo de los árboles en el verano. Comía panojas y endrinas, pero no bebía agua porque dice que es para él como veneno. Era malicioso y pícaro. Se escondía en las matas de los senderos y tiraba de las faldas a las muchachas. Los ojos del Trenti eran verdes y la cara negra.
Los Ventolines: Dicen que vivían en las nubes de las puestas de sol. Eran como ángeles y tenían unas alas verdes y muy grandes. Cuando un pescador se cansaba subiendo las redes, bajaban los ventolines de las nubes de la puesta del sol y les cargaban los peces en la barca y además les limpiaban el sudor o les abrigaban con las alas verdes cuando hacia frio.

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Nuestra Lengua

Al pueblu Cántabru qu'arresisti con
juerza los empeullonis del mundialismu,
l'auniformidá y la globalización.
Extraído del libru. El muestru mundu.
                              Gelu  Marín González 

En el siglo XIX, al cartografiarse por primera vez una remota zona del Himalaya, un pico de gran altitud recibió el nombre del oficial George Everest. Las denominaciones locales de la montaña más alta del mundo, mucho mas expresivas que este apellido anglosajón incorporado a los mapas, fueron totalmente desplazadas. Los tibetanos la llamaban Chomolungma, la diosa madre de las nieves, y en la vertiente de Nepal era Sagarmatha, la cabeza que toca el cielo, topónimos que estuvieron a punto de perderse por abandono, y que hoy se están rescatando del olvido. Afortunadamente en todo el mundo se está asumiendo que la toponimia, como reflejo de las peculiaridades lingüísticas y de la cultura  de cada lugar, es un patrimonio que merece respeto, estudio y protección. Por ello no es de extrañar que haya tendencias a investigar y recuperar la toponimia original de cada zona. Desde antiguo, son muy numerosos los errores y alteraciones contenidos y consagrados en los mapas, que además se reproducen y perpetúan por falta de una labor de revisión toponímica. En Cantabria los cartógrafos también se han permitido muchas veces la libertad de corregir y castellanizar las denominaciones tradicionales que ellos entendían incorrectas: así  por ejemplo, el pico conocido por los vecinos de polaciones como Cuetu la Jaya, figura en los mapas con la insípida denominación de Cueto del Haya. Los propios paisanos no se atreven muchas veces a contradecir algo que leen en un mapa o documento oficial, y acaban aceptando estos cambios, temiendo escuchar en caso contrario adjetivos como aldeano, paleto, pueblerino...
Este proceso afecta mucho más a la toponimia mayor (pueblos, ríos, cumbres...), que es la que aparece escrita en los mapas, carteles, periódicos... sistemáticamente castellanizada. A veces se encuentran infiltraciones montañesas en los mapas oficiales, como Mancondíu, en el macizo oriental de Picos, y Fuentimonti, en Ribamontán al Mar, pero son casos rarísimos. La toponimia menor (prados, fuentes, cuevas...) se conserva siempre mucho mejor, pues se trasmite casi exclusivamente por vía oral. No vamos a entrar en la polémica sobre el montañés o los dialectos montañés, que para algunas personas definen como el idioma propio de Cantabria, y para otras es la forma incorrecta de hablar el castellano de las personas más incultas de los pueblos. Lo que es indudable es que existe un léxico y unos rasgos lingüísticos propios de Cantabria, que en los medios urbanos se han perdido prácticamente, y que están acelerando el proceso de desaparición hasta en las aldeas y cabañas más remotas. El léxico es muy amplio, muchos cientos de palabras, y existen varias recopilaciones del mismo. En cuanto a los rasgos lingüísticos, los más característicos son los siguientes: - la aspiración de la -h- en la Cantabria central y occidental, así como en el oriente de Asturias, resultado un sonido similar a la -j-: jaya, jacha, jelechos, joyos... Por ejemplo en los Picos de Europa hay varios collados jermosos. En la zona oriental de Cantabria no se produce, si bien algunos topónimos parecen indicar que sí sucedía antiguamente. La tendencia a conservar las vocales -u- e -i- al final de la palabra, rasgo arcaizante de resonancias latinas, no admitido por la normativa ortográfica castellana, pero muy frecuente en el habla y la toponimia montañesa: coteru, regatu, picu, Liguardi, Igüedri... A veces sucede también entre consonantes, sobre todo en la zona de influencia pasiega: árguma, pirru, Seldesutu... -la frecuente eliminación de la -d- y la -ll- intervocálicas: praos, marea, la Braguía, Piquío... y otros muchos rasgos menos habituales, como la palatalización de la -I- inicial, convertida en ll (llaguna), la conversación del grupo -mb- (Palombera), o la conversación de -b-  en -g- (agüela).Como testimonio de este patrimonio lingüístico, casí siempre ignorado y despreciado.

La lengua montañesa alcontramola emos puelos de toa Cantabria, norti Burgos i Palencia,
urienti d´Asturias i ucidenti´l País Väscu, un tirritöriu castigäu pola marcha juera déyos
de muchos de los sus vicinos, iscripíu meyu abaldonaos: cola salía de los nuestros Vayis,
marcharin las presonas que palraban montañés. ¿I la genti que quéa hui?. Prefirin en
abondos estantis, ulvidalo, esta mal vistu, no da de domé i juera l´aldea es un verdaéru
enconemienti gastalo. Ena ciudá la tilivición, l´arrädiu, el trebäju, la vida´n tolos sus
aspeutos, el juturu...son en casteyänu. Si acá paltras montañés eris el perfeutu paluridiu.
La moccedá kis nuestros puelos arrienga lo palrá cumu si tratasi´l mesmu demöñu, no
quieren sabé na´l idioma los sus padris. Enconto, dendi "Montañes Abora" queremos
amparalo, palralo, iscribio, ateclealo, cogechalo,... por que es un piazu emportantisimu
la nuestra idintidá cultural, por que semos hereos dun gran tresöru cumu puëlu
milenäriu,... i el  montañés, homildi, nuestru, arrisisti.

Liébana
- ¡Hola!, ti Fanio.
- ¡Hola!, ti Antón.
- Qué, ¿trae a mercar esa jatuca a la feria de Potes?
- A ellu vengo.
Estóila dexaminando... paíceme lucida... ¿En cuantu estímala? Dígolo porque a la feria
he venío con intención de comprar una, pa ver de recriarla. Pos, home, bien placentera
la tién. ¿Y qué pídeme por ella? Pediréle lo que vale; dos onzas y media. ¿Paícele
munchu? Si apartara a un lao la media onza, puei ser mos arreglásemos. Apartarla no,
lo que haré será mordiscarla. Y qué dentellá va a meterla, ¿poco o munchu? Pocu, pocu,
la becerra es de güena calidá y no es menester andar sobando munchu el precio.
Enestonces no mos arreglamos. Ellu que se le va hacer, otra vez será. Ya que con la
becerra no jacemos trato ¿vamos a ver si lo jacemos con otra cosa? Usté dirá, ti Fanio.
                                                                                                       H. Alcalde Del Rió

El Pas
¡Mariya! ¿Quí mi quieris, Lel¡? ¡Mariya! ¿Quieris tú quitarme el nombri, Leli? ¡Oh, no,
qui tunterías ... ! i Cómo estati tu impiricotá in el payu y nun quieras abajar! Nun abajo,
porque impués ni mi dejas tú subir. Pues enistonces veresti como aluego subo yo de un
salto con esti palanco onde tú estás... Arricóstate a un lado no ti aplasti ...Ves, ya estoy a
tu vera sin tener que gatear por el escalero. Tú bien saltis, Leli, peru no tantu como
Dumingo, il del Somo. ¿Es qui Dumingo salti más que yo? ¡Paíceme que sí! ¡Pues avore
mesmo voíle a buscar, a ver si es verdá! ¡Dumingo nu vindrá! ¡Pos si qui vindrá, manque
tuviérali que aguachar el vino! Esi te digo qui no vindrá, porque ni quiero yo qui venga,
inistonces ¿qui me contestas? ¡Qui no vendrá, porque no quiero yo qui venga! ¿Y sí avora
quiero yo? i Guiiin... ! iQui Dumingo no asome el morru por esti payo, porque inistonces
escachízole la cabeza con esti palo!
                                                                                                       H. Alcalde Del Rió

Trasmiera
- Güenas tardes.
- Güenas tardes.
Pues aquí estuvi endenantes... Tú eres Fonso el de la Cabaña, ¿noverdá? El mesmo soy.
¿Y dices que estuvistes... ? ¿No te lo ha dicho l'ama? No me ha dicho.
Pues, verasti: es el casu... Que como tiés tú el cerracho aquel allí riba... ¿Onde? Aquel de
hancia el pasu las Cabras, que llaman, a la parte onde la desgüelta pa dir a la Quinta... Que
me se hace a mí que te coge muy a tresmanu... Hay buenos atajos pa subir. ¿Pero, a ti te
conviene? Sin él he pasao hasta abora. En cambio, yo, con él vivo ancho. Pa mi cuenta,
porque es la tierra que menos sudores me da. Así está ellu, que da compasión el velu.
Siempre que paso por ¡llí lo digo: «¿Cuándo meterán ái el rozón y la azá? Lo pidi, lo pidi».
De modimanera que si tu le echaras a vender daque día y a mí me conviniera, igual nos
entendíamos.
                                                                                                      Francisco Cubria

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Trajes de Cantabria

Figuras . Siglos XVI - XVIII

Trajes tradicionales de Cantabria

A raíz de los testimonios de geógrafos, historiadores y viajeros, se puede hablar de una pasada riqueza en la  indumentaria de esta tierra. Ya entrando en historia, Estrabón y Séneca nos reseñan el vestido de los Cántabros hace dos mil años: Los varones traían una túnica breve y, encima, el sagum o capa de lana negra; el cabello, largo como las mujeres, ceñido con una banda para que no les molestase, y a la cabeza, un gorro característico, calzando abarcas de cuero o de madera y teniendo por sus joyas menores las bellísimas armas finalmente nieladas>>. Las hembras se adornaban con túnicas de colores y dibujos florales, fíbulas y hebillas de bronce, alfileres y arracadas en oro en forma de creciente lunar. Algunos rasgos de tales modas se diría perviven en lenta mutación durante la Alta Edad Media, para reaparecer con increíble pujanza en los siglos XV, XVI y XVII, cuando la indumentaria cántabra destaca por su original mérito dentro del  Occidente cristiano: ellos gastaban los ya entonces arcaizantes capotillos de dos haldas, monteras y abarcas, desnudas las piernas y armados de venablos. Las doncellas vestían de lino, con camisas y sayas fruncidas o cuerpos y basquiñas de paños; a diario descalzas, se engalanaban los días de fiesta con medio botines y mil arrequives de plata, azabache, ámbar y coral, siendo común llevasen la cabeza descubierta y afeitada, tan sólo dejando unos rizos sobre las sienes o un atusado cerquillo alrededor. Luego de casadas, cubríase con turbantes de dos o tres palmos de altura, algunos de claro significado fálico, en formas tan variadas y caprichosas, que constituyeron todo un alarde de diferenciación. Ya la tradición campesina del siglo XV remonta el origen de tales capiruchas -conocidas por el nombre genérico de tocadas- a los tiempos de la introducción del cristianismo en Cantabria, al suponer que la iglesia castigó el indómito paganismo de las cántabras, obligándolas a llevar como un estigma el tocado habitual de aquellas tribus gentiles. Cierta o no cierta esta leyenda, viene a remachar la idea de que dichos cubrecabezas eran supervivencia de formas muy antiguas conservadas en Cantabria hasta el siglo XVII. El echo de que tales atavíos resultaban algo excepcional, se confirma en las pragmáticas dadas por los Reyes Católicos para frenar el lujo, donde figuran concesiones especiales a las mujeres y hombres de Cantabria, Asturias y País Vasco, permitiéndoles llevar adornos de oro y plata, seda, brocados y terciopelos en virtud de la mucha antigüedad de su indumentaria, lujos que habían prohibido a las demás gentes de España. En la costa variaban los usos desde una punta a otra y, así vemos a las casadas de Castro Urdiales (también de Sámano, Villaverde de Trucíos, Guriezo y Oriñon) arrollando su trenza en la blanca <<sabanilla>> que desciende a la espalda, mientras los hombres gastaban a diario camisa y pantalón de crudo lienzo con peales sujetos por los cordeles de sus albarcas. Los marinos de Laredo faenaban vestidos de bayeta amarilla o naranja y barretinas rojas rematadas por una borda negra; otros se tocaban con montera puntiaguda que cubría las orejas, sustituida a mediados del siglo XIX, bien por la boina grande con armadura interior y borlón de a cuarta, o bien por la media chistera con cinta, botón y cintilla; las pescadoras laredanas trotaban descalzas en <<alcandora>>, o camisa de lienzo, y justillo y refajo de bayeta; para más respeto traían una chambra abierta por los lados, saya larga de cinco metros de vuelo fruncida a la cintura y, encima, un delantal grande que ajustaba la chambra al talle; al ir a la iglesia, se echaban sobre el pañuelo de cabeza la mantilla de pañete negro y puntas redondas, dejando colgar una borla sobre la frente, siendo un peinado trenzas o <<moña>>. Los marineros de Santander estilaban, a fines del XVIII, elásticos de bayeta roja o amarilla, pantalones de lienzo blanco y gorro catalán encarnado o verde; medio siglo más tarde continúan con traje de faena parecido; pero al llegar el domingo se remozaban con camisa de pechera de fuelles, pantalón anchísimo de paño azul oscuros, a juego con el chaleco y la chaqueta; ceñidor de seda negra, zapatos sin tacón y ancha boina aliñada con profusa borla de cordoncillo negro; las pescadoras de la ciudad, enzima del refajo de bayeta roja o naranja, se emperejilaban con saya de mahón, jubón oscuro bajo un pañuelo de seda con flecos y otros anudado <<a la cofia>> sobre el moño, bien calzadas de media azul y zapato ruso. Tierra adentro, es en los valles altos done el vestido cántabro mantiene por más tiempo su carácter.

En Campóo, el traje de fiesta de la mujer se componía de camisa de hilo gordo y corte cuadrado, justillo tapado por un chillón pañuelo de seda, saya de bayeta fuerte en  cualquier color menos blanco, que las de posición más desahogada echaban de cúbica o paño negro, a tono con una airosa chaquetilla de <<abrejones>> dorados,    bajo la saya, dos, tres o cuatro manteos de lana batanada, largos hasta el tobillo; medias y zapatos abiertos o escarpines con broches y albarcas de pico ganchudo; al cuello, collares de coral con una crucecita y grandes pendientes de colgantes o semicírculos; el peinado de las casadas era moño o <<castaña>>, con raya en medio y trenza, en la cual ponían un rosetón de cintas de mil colores; a la cabeza, pañuelo de esclarecida seda o percal anudado arriba o bajo la barba, amén de una mantilla de anascote orlada de terciopelo, algunas con grandes aletas cayendo por delante hasta media saya. El campurriano usaba un traje de paño rojizo, la chaqueta respingada por detrás con cuello derecho y amplias solapas, repetidas también en el chaleco, siendo la  botonadura de metal dorado con el escudo de las armas reales; las bragas llegaban  sólo a cubrir las rodillas, con trampa a dar a los costados, ocultando los bolsillos de la trincha; camisa de hilo burdo y acartonado cuello hasta las orejas, con lorzas en la pechera y botones de hilo en forma de pan de malva; medias del color de la lana, ligas bermejas y zapatos bajos con carteras que se unían en el centro del tarso al pasar una correa; los más calzaban escarpines de paño de espigada lengüeta y espectaculares albarcas  <<del pico entornao>>, barnizadas con calostros y dispuestas sobre clavos de herrero; palo pinto en la mano y, a la cabeza, <<picona>> de treinta centímetros de altura en paño negro o pardo, forrada con bayeta roja y masa de engrudo para que siempre estuviese derecha; bajando a abrigar los oídos, cosa necesaria en el duro clima del valle, se adornaba con vueltas de terciopelo y borlitas en los vértices, dándose bajo la barbilla con una lanza.

En la Liébana, la mujer sacaba, para las grandes ocasiones, negro jubón, bien ceñido al cuerpo y de talle, con anchas mangas de pliegues y puños ajustados, defendiendo el escote por un pañuelo vistoso y un faldar, de sayalete ribeteado con bayeta verde, o bien, todo él de jerga enlutada, medias de Albarcas Lebaniegaslana escarpines y albarcas, más un percal rameado recogido al moño o, en el colmo de la ostentación, un pañuelo blanco, bordado y calado, a dar en flojo nudo bajo la barbilla. El Lebaniego se equipaba de chaqueta corta y estrecha, chaleco sin solapas, calzón angosto, medias y escarpines de crecida caña -todo en sayal negro- y albarcas <<de pico>> o <<del garbanzo>>; palo pinto y, a la cabeza, sombrero de copa alta, de felpa o de sayal, a menudo forrado de hule, en sustitución de la montera rojiza en forma de fanal, de más de un pie de envergadura, que los de peñarrubia aún no habían desterrado. En Tresviso y Bejes, el arreo de los hombres era similar al descrito, salvo la montera, de aire asturiano, aire que sigue soplando en los trapos domingueros de las hembras de este rincón de Cantabria, con sus refajos <<injertados>> en bayeta de diferentes tintas, mandilín de pálidos matices y dengue recamado de <<coral negro>> (azabache) en ingenuo contraste con las corizas de piel  endurecida.

La gente de Pas fue la que conservó con más apego su indumentaria tradicional, rica e historiada como ninguna otra de estos valles: el traje de gala del varón constaba de camisa cerrada al cuello, con gemelos sobredorados; dos chalecos: El Interior, blanco, y el de fuera con arabescos y largos colgantes de plata; chaqueta y bragas de oscura pana lisa con <<hierros>> y botonaduras por mero adorno, ceñidor dando espaciosas vueltas a la cintura, medias de algodón azules o blancas, escarpines de bayeta cenicienta y chátaras de cuero sin curtir; a la cabeza, pañuelo de seda, ya anudado atrás, ya como una venda o a la manera de turbante, alternando con monteras cónicas más o menos altas, en  jaezadas con vueltas de terciopelo o gruesas borlas de seda, plumas y flores, no pudiendo faltar al cabañero el recio palanco de avellano de más de dos metros, sin el que se sentirían perdido. En invierno, añadían a estos pellicas de cordero, <<barajones>>(esquís singulares) y capas de sayal blanquecino, que trocaban por otras de negro buriel, con capucha y sin esclavina, para duelos y para cumpliar con Pascua. Cuando repicaban gordo, la pasiega lucía camisa de cabezón, velado el pecho por peto de vivos colores y pañuelo de seda tornasol, justillo de velludo o corpiño atado con cordones y chaquetilla en paño y terciopelo de estrecha bocamangas abotonadas con filigrana de plata; por la garganta del pie, la saya de sedán pomposamente galoneada -sobre refajos de bayeta grana, verde o amarilla que esponjaban las caderas como era pedido- y, resguardando el halda, un soberbio delantal de raso azul o de paño perfilado con llamativos sobrepuestos; bajo <<la bengala>> irisada -a la que antaño <<acaldaba>> la varonil montera- caían lenguas trenzas sujetas por cintas de relumbrón, trenzas que recogían en moño a la hora de cargar el cuévano; medias azules, blancas o rojas, con cuchillas y espigas multicolores, y buenos zapatos o, en su lugar, escarpines de bayeta amarilla y chátaras de piel curada; parecida por las alhajas, la pasiega armaba las orejas con tamaños pendientes de coral o monedas sobredoradas, engastando los dedos en anillos y la garganta en corales, hilos de vidrio azules y rojos y gruesas cadenas de plata dando vueltas y revueltas sobre un seno tachonado de medallas, cruces, patenas, relicarios y amuletos; en tiempo de aguas, o para acercarse a la iglesia, se atotegaba bajo un <<capillo>> color manteca orillado con trencillas o recortes de paño y si estaba criando acudía con el niño en la limpísima y confortable cuévana, entoldada con muy lindos <<mantíos>>.

En la segunda mitad del siglo XIX, la vestimenta popular cántabra entra en rápida decadencia, si bien es verdad que algunos de sus ropales siguen ostentando cierto regusto local; así, vemos a la trasmerana con camisa de lienzo y justillo: jubón de lana cerrado al cuello en redondo, a juego con la saya larga, replegada sobre un refajo de bayeta; al taye, un pañuelo floreado de seda y amplio mandil de satén rojo, envolviendo el moño en un retal blanco. El trasmerano campaba con su camisa de lorzas, chaleco estampado sin solapas, blusuca rabonada de satén gris, prolijamente rizada con pasamanos y botonaduras; pantalón  de trampa en sayal negro remontado de terciopelo; ceñidor de lana y pañolito al cuello; zapatos de becerro y, a la cabeza, un gorro marinero, encarnado o verde, con sedosa borla al extremo.

Aún podríamos ir señalando otras comarcas y otros atalajes, como Cabuérniga, donde las mozas se endomingaban con saya de lana oscura y justillo de seda tornasol, a juego con la faltriquera atada al exterior con mucho ringorrango y floritiqueo; o Tudanca, donde todos los mozos usaban <<lásticos>> o chaquetones de bayeta encarnada, y de bayeta verde todos los viejos; o Polaciones, donde cabría resaltar las capas de sayal y los refajos con labores de paño picado en grecas y ramos de precioso dibujo.
         
                                                Bibliografía:  Trajes populares de Cantabria. COTERA

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El Bolo Palma

El juego de los bolos, y más concretamente el bolo-palma, es el deporte autóctono de Jugando al Bolo PalmaCantabria por excelencia. Su nacimiento se pierde en el <<túnel del tiempo>> y, si se pregunta al más viejo del lugar, contestará, con un encogimiento de hombros, <<se juega de toda la vida>>. El primer conocimiento que se tiene de los bolos es debido a una prohibición oficial. En el año 1627, el pregonero hace redoblar su tambor para que los habitantes escucharan un acuerdo del Conceju santanderino.<<El Coceju de Santander, a 29 de junio de 1627, hubo de tomar este acuerdo: Que se pregone que ninguna persona sea osada de jugar a los bolos en ninguna calle de la villa, so pena de doscientos maravedíes, aplicándolos por tercera parte entre juez, villa y denunciante, y que sean castigados con todo rigor>>. Esta prohibición en la capital, y esas otras que, por imposición de un profundo sentimiento religioso, no permitían el jugar ciertos días ni hasta finalizar la misa mayor, no pudieron frenar la expansión del juego de los bolos. A finales del siglo XIX se adopta el décimo bolo o cachi, y se impone el <<estacazo>>. El bolo montañés adquiere su personalidad propia. Es significativo decir que, a finales del pasado siglo -escribe Julio Braun-, el juego ya formaba parte del alma del pueblo, los jugadores son los conservadores y portadores de este legado de sus antepasados. En 1887 se hace público el Reglamento del juego de Bolos de Puente San Miguel, que consta de doce artículos. La madera recomendada para la fabricación de los bolos es la de avellano; aunque su duración es menor que otras maderas, es más apreciada porque los bolos <<cantan>> mejor. Por el contrario, la madera de abedul es más seca y duradera, pero los bolos no cantan tan bien. Esta madera proviene de los montes de Iguña, Las Fraguas, San Vicente del Monte (Treceño), Silió, o bien de los montes de la cercana Asturias. El otro elemento dinámico del juego son las bolas, y para su fabricación se recomienda la madera de encina. De un tronco de avellano, normalmente, salen 3 ó 4 tochos, que quedarán convertidos en otros tantos bolos. La producción de boleras al año depende de la demanda. En el taller de Santander, ésta es de 10 boleras al año. En el taller de Teja, la producción es mucho más amplia, exportándose a México, Estados Unidos, Madrid, etcétera, donde residen numerosos cántabros que, lejos de su terruño, mantienen la afición por este juego.

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Realización: Alfonso Velasco Fernández